
Lidia Torres, dueña de un negocio familiar de tamales en el sur de Laredo, enfrenta las consecuencias del calor cada vez más intenso, el cual la ha afectado mental, emocional y físicamente. Lidia lucha por adaptarse a temperaturas que suben más cada año. El concreto que rodea su negocio en casa amplifica el efecto del calor. Cada vez son más los días que superan los 100°F.
“El clima ha cambiado”, dice, con una voz teñida de nostalgia y preocupación. “Las temperaturas que antes llegaban en julio ahora nos golpean en abril”.
Los tamales tienen una rica historia cultural en el vecino país de México. Vienen en una amplia variedad de sabores e incluso colores, y se compran por docena. Lo que hace a este platillo tan atractivo es su gran diversidad de mezclas llenas de sabor. Guisos personalizados hechos con chiles y pollo, carne de res, puerco, queso, frijoles o incluso rellenos dulces se colocan sobre masa de maíz extendida en hojas de maíz suavizadas. Los tamales están asociados con celebraciones indígenas y cristianas como el Día de los Muertos y la Navidad. Aunque son más populares en invierno, hoy en día se consumen durante todo el año. Hacer tamales no es tarea fácil; implica numerosos pasos y requiere largas horas de amasado, hervido y cocción al vapor para lograr que la hoja, la masa y el relleno estén en su punto.
Los días más calurosos en Laredo han obligado a Lidia a cambiar sus prácticas comerciales y adaptarse al calor. Se despierta a las tres de la mañana para evitar las altas temperaturas en su cocina y constantemente teme que el calor afecte tanto su salud como la calidad de sus productos.
“Espero no llegar nunca al punto de cerrar el negocio porque los tamales se estén echando a perder”, dice. El calor puede acelerar el crecimiento bacteriano en alimentos perecederos, acortar su vida útil e incrementar el riesgo de enfermedades transmitidas por alimentos. La Administración de Alimentos y Medicamentos de EE. UU. indica que temperaturas por encima de 90°F aumentan rápidamente la descomposición de los alimentos. Esto es especialmente crítico en entornos como la cocina de Lidia, que está al aire libre o con control mínimo. Las temperaturas extremas están afectando las economías locales, siendo los negocios de alimentos de los más perjudicados por los mayores costos en refrigeración, prevención de pérdidas y menor afluencia de clientes (James & James, 2010).
Durante los meses más calurosos, la demanda del consumidor cambia, afectando las ventas de alimentos calientes como los tamales, que disminuyen durante las temperaturas pico. Lidia ha reducido su horario de operación, cerrando a las 3 p.m. en lugar de las 5 p.m. La disminución en las ventas afecta sus ingresos y el sustento de su familia. El calor no solo ha afectado su negocio, también ha comenzado a afectarla físicamente. Por ejemplo, se cambia de ropa varias veces al día. El sudor se adhiere a su piel como una segunda capa. “Es pegajoso”, ríe, describiendo la sensación como si estuviera cubierta de miel. Cuando termina su trabajo por la tarde, regresa a casa sin energía y muy cansada. “Ahora llego a casa y no quiero nada más que acostarme y descansar”.
Este agotamiento es más que físico; es emocional. Extraña los días en los que podía jugar con sus hijas después del trabajo, pero ahora está demasiado fatigada. Las personas expuestas a calor extremo o que trabajan en ambientes calurosos pueden experimentar estrés térmico laboral, una combinación de calor metabólico y ambiental (Instituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional [CDC], 2024).
La historia de Lidia es un testimonio de los efectos ocultos del cambio climático en los pequeños negocios. Su historia es como el canario en la mina; nos advierte sobre las posibles implicaciones más amplias del cambio climático para otros pequeños empresarios y familias en todas partes. El futuro de nuestras economías locales, nuestras tradiciones y nuestras comunidades depende de las acciones que tomemos hoy.
